26 noviembre, 2022

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TODOS LOS POLITICOS MIENTEN, PERO TRUMP ES UN EXPERTO

La magnitud de las falsedades y exageraciones de Donald Trump ha dado mucho en qué pensar a los historiadores políticos.

A Whit Ayres, un asesor político, le gusta decirle a sus clientes que existen “tres claves para lograr la credibilidad”: “Uno, nunca defiendas lo indefendible. Dos, nunca niegues lo innegable. Y tres, nunca mientas”.

Ojalá los políticos del mundo siguieran su consejo.

Las mentiras han formado parte de la política a nivel mundial desde siempre. Los políticos mienten para agrandarse, pulir sus trayectorias y cubrir sus fechorías, incluyendo sus amoríos (como ejemplo tenemos a Bill Clinton). Algunas veces citan información falsa para mencionar las razones que, en su opinión, justifican sus políticas (pensemos en Lyndon Johnson y Vietnam).

Sin embargo, el presidente Donald Trump parece haber llevado lo que la escritora Hannah Arendt alguna vez llamó “el conflicto entre la verdad y la política” a un nivel totalmente nuevo, cosa en la que concuerdan historiadores y asesores de ambos partidos políticos.

Desde aquellos días en los que diseminaba la idea falsa de que el expresidente Barack Obama había nacido en Kenia, hasta sus afirmaciones exageradas sobre la cantidad de personas que asistieron a su toma de posesión, y su descripción de dos llamadas telefónicas —una con Enrique Peña Nieto, presidente de México, y otra del jefe de los Boy Scouts— que nunca ocurrieron, Trump va de la hipérbole, a la distorsión y las mentiras casi de manera cotidiana.

En parte, esto representa otra forma más en la que Trump operaba en sus propios términos, pero también refleja un declive mayor en los estándares de la verdad del discurso político. Un vistazo a los políticos de los últimos cincuenta años deja claro que Donald Trump no es el primero en mentir en el cargo. A pesar de ello, el alcance de sus falsedades plantea interrogantes sobre si los frenos para alejarse de la verdad y las consecuencias derivadas de ser descubierto diciendo mentiras han disminuido con el tiempo en lo que respecta a los políticos.

Uno de los primeros presidentes en luchar públicamente con una mentira fue Dwight D. Eisenhower en mayo de 1960, cuando un avión espía U-2 estadounidense fue derribado en el espacio aéreo soviético.

El gobierno de Eisenhower mintió al público sobre el avión y su misión, alegando que era una aeronave climatológica. Sin embargo, cuando los soviéticos anunciaron que habían capturado vivo al piloto, Eisenhower reconoció a regañadientes que el avión estaba en una misión de inteligencia, una admisión que lo sacudió enormemente, según la historiadora Doris Kearns Goodwin.

“Sencillamente, sintió que su credibilidad era una parte esencial de su imagen y su personalidad, y haberla socavado por decir una mentira fue una de las cosas que más lamentó de su presidencia”, comentó Goodwin.

Eisenhower enfrentó las consecuencias en el corto plazo; una reunión cumbre con el líder soviético Nikita Krushev fracasó. Sin embargo, el pueblo acabó por perdonarlo, dijo Goodwin, porque aceptó su error.

En 1974, en el clímax del escándalo de Watergate, al presidente Richard Nixon se le acusó de mentir, obstruir la justicia y hacer un mal uso del Servicio de Impuestos Internos de Estados Unidos, entre otras agencias, y renunció en lugar de enfrentarse a la destitución. Los electores, acostumbrados a confiar en los políticos, estaban indignados. En 1976, Jimmy Carter ganó la presidencia después de decirle al pueblo: “Nunca les mentiré”.

El presidente Clinton fue sometido a un proceso de destitución por perjurio y obstrucción de la justicia al tratar de encubrir su amorío con una becaria, Monica Lewinsky. Chris Lehane, un exasesor de Clinton, dijo que la agenda de su segundo periodo se vio afectada durante su proceso de destitución; sin embargo, paradójicamente, sus índices de aprobación se mantuvieron elevados, en parte, explicó Lehane, debido a que “la gente distinguió entre el hombre público y el privado”.

Algunas veces es más fácil identificar la falsedad que la mentira. El presidente George W. Bush enfrentó acusaciones de que él y miembros de su gobierno llevaron a Estados Unidos a la invasión de Irak basados en información de inteligencia falsa sobre si Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Bush y su equipo enfatizaron y algunas veces exageraron información de inteligencia que reafirmaba su postura mientras ignoraban los datos discordantes, lo cual hizo que los críticos los acusaran de mentir. Trump fue uno de los que dijeron que Bush había mentido.

En las últimas dos décadas, los cambios institucionales en la política estadounidense han facilitado que los políticos mientan. La proliferación de las mesas de discusión política en televisión y el auge del internet han creado un entorno mediático fragmentado. Sin un guardián ampliamente reconocido en los medios, es más fácil para los políticos distorsionar la verdad.

En una era de hiperpartidismo, en la que los líderes tratan de convencer a los electores de extremos opuestos del espectro político, los políticos suelen mentir con impunidad. Hasta el uso de la palabra “mentira” ha cambiado en la política.

“Hubo una época, hace mucho tiempo, en que la palabra ‘mentira’ no se podía usar en una campaña”, recordó Anita Dunn, quien fue directora de Comunicaciones de Obama. “Se consideraba demasiado burda y contraproducente. Así que había que decir que no habían sido honestos o que no habían dicho la verdad, o bien que los hechos demostraban algo más, y hasta eso se consideraba retórica delicada”.

Con el auge de los sitios de internet que comprueban la veracidad de los hechos, se responsabiliza a los políticos de sus palabras. En 2013, el sitio web PolitiFact declaró que Obama había pronunciado la “Mentira del año” cuando dijo a los estadounidenses que si su plan de salud les gustaba podían conservarlo (Trump se llevó el premio por la “Mentira del año” en 2015).

“Pensé que era injusto en aquella época, y todavía pienso que lo es”, manifestó Dunn, refiriéndose a Obama. Posteriormente, Obama se disculpó con aquellos que fueron obligados a renunciar a sus planes a pesar de su declaración.

Con base en la teoría de que los políticos a los que se descubre mintiendo ponen en riesgo su reputación, Brendan Nyhan, politólogo en Dartmouth College, y algunos colegas trataron de estudiar los efectos de las declaraciones erróneas de Trump durante la campaña presidencial .

En un experimento controlado, los investigadores mostraron a un grupo de electores una afirmación errónea de Trump, mientras que otro grupo vio la afirmación errónea acompañada de “información correctiva” que contradecía directamente lo que había dicho. El grupo que vio las correcciones creyó en la nueva información, pero dijo que no cambiaba su opinión sobre Trump.

“Sabemos que los políticos tienen aversión al riesgo. Tratan de minimizar la cobertura negativa, así como sus efectos nocivos en su imagen al transcurrir el tiempo”, explicó Nyhan. “Sin embargo, las consecuencias de hacer afirmaciones falsas no golpean suficientemente fuerte su reputación. No son suficientemente fuertes para disuadir a la gente de engañar a la audiencia”.

Claro está que mentir para convencer a los electores es una cosa, y mentir a los fiscales es otra muy distinta. Cuando Rod Blagojevich, exgobernador de Illinois, fue acusado de una larga lista de delitos federales de corrupción relacionados con afirmaciones de que había tratado de vender el escaño de Obama en el Senado de Estados Unidos, se le preguntó de manera directa si mentía.

Mientras Blagojevich estaba testificando bajo juramento, un fiscal lo presionó preguntándole si como político tenía el hábito de mentirle al pueblo. Hablaban del hecho de que Blagojevich hubiese proporcionado información para el artículo engañoso de un periódico local.

“Eso fue una mentira”, dijo el fiscal, Reid Schar. Blagojevich se negó a admitirlo. “Esa fue una jugada de desvío de atención en la política”, respondió. Fue condenado a una sentencia de 14 años de prisión en 2011.

Joel Sawyer, estratega republicano en Carolina del Sur, dijo que había dos formas en las que un político podía lidiar con el engaño. “La primera es nunca reconocerlo, lo cual parece emplear con bastante éxito el presidente TRUMP”, dijo Sawyer. “La segunda es ponerle fin a las medidas paliativas y decir: ‘Me equivoqué, y les voy a decir por qué. Denme otra oportunidad y no los decepcionaré de nuevo’”.

Sawyer trabajó para un político —Mark Sanford, entonces gobernador de Carolina del Sur—, quien optó por la segunda opción. Durante un fin de semana de junio de 2009, Sanford salió a hurtadillas del capitolio de Carolina del Sur y voló a Buenos Aires para estar con su amante, pero le dijo a su personal que se había ido a recorrer el sendero de los Apalaches. Sus asesores, incluyendo a Sawyer, dijeron la mentira a los reporteros sin darse cuenta. Acto seguido, Sanford tuvo que disculparse una y otra vez. Los electores acabaron por recompensarlo; hoy forma parte del congreso.

Muchas de las mentiras de Trump —como la vez que fanfarreó con que había hecho “un récord de todos los tiempos en la historia” por aparecer en su portada con tanta frecuencia— son triviales y “básicamente le ayudan a pulir su ego”, explicó John Weaver, un importante estratega republicano.

Esto desconcierta a Bob Ney, excongresista republicano que cumple una sentencia en prisión por haber aceptado regalos ilegales de un cabildero, Jack Abramoff, y mentirle a los investigadores federales al ser cuestionado por ello. “En realidad me desconcierta por qué se siente obligado a exagerar para exonerarse”, manifestó Ney.

No obstante, otras mentiras presidenciales, como la afirmación falsa de Trump de que millones de inmigrantes indocumentados habían votado por su oponente en la elección de 2016, son mucho más sustanciales y suponen la amenaza, dicen los académicos, de que su gobierno se crearon políticas en represalia.

La evidente diferencia entre Trump y sus predecesores es la enorme magnitud de sus falsedades y exageraciones; PolitiFact declara que solo el 20 por ciento de las declaraciones que revisó son ciertas, y un total de 69 por ciento son mayoritariamente falsas, falsas o de plano pertenecen a la categoría de mentiras burdas. Eso deja a académicos como Goodwin preguntándose si Trump, al elevar el arte de la mentira política, ha cambiado para siempre lo que los estadounidenses están dispuestos a tolerar de sus líderes.

“Lo ha cambiado ahora y lo que más miedo causa es que estas falsedades se señalan y hay pruebas de que son mentiras”. “Y, sin embargo, debido a los ataques en los medios, hay un porcentaje de personas en el país dispuestas a decir: ‘Tal vez está diciendo la verdad’”.